La cual incluye la oración de fe por los enfermos y la creencia en que Dios puede sanar de forma sobrenatural, pero también afirma que Dios sana a través de la ciencia médica. No es un favor que se gana, sino un regalo de la gracia de Dios para todos los creyentes.
Los principios claves de la Sanidad Divina en la Iglesia del Nazareno.
Es un Don de Gracia: La sanidad divina es un favor inmerecido de Dios, al igual que la salvación, que se recibe por fe.
· Parte de la Expiación: Se considera que la sanidad es parte de la redención que Cristo proveyó
en la cruz, siendo un aspecto esencial de Su obra redentora.
· El Poder de Dios: Se confía en que el poder de Dios puede restaurar el cuerpo y renovar
el espíritu, ofreciendo paz y esperanza a los creyentes.
·
La Fe es Esencial: Para recibir la sanidad, se debe tener fe en el poder y la voluntad de
Dios para sanarnos, así como en Su Palabra.
· La Oración de Fe: La comunidad es animada a hacer la oración de fe por los enfermos,
confiando en que Dios puede conceder sanidad.
· Complementariedad con la Medicina: La Iglesia del Nazareno cree que Dios también sana a través de los medios médicos y científicos, por lo que no se debe condenar su uso.
Hablemos ahora sobre la sanidad
divina como parte integral del evangelio: Tanto el ministerio de Jesús como de
los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la
proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús
como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado
(véase Juan 10:37,38).
La Biblia muestra una estrecha
relación entre el ministerio de sanidad de Jesús y su ministerio salvador y
perdonador. Su poder sanador era en realidad un testimonio de su autoridad para
perdonar pecados (Marcos 2:5-12). Con frecuencia, los escritores de los
Evangelios atestiguan que sus milagros de sanidad ocurrían paralelamente con su
predicación del evangelio, siendo ambos el propósito de su ministerio (Mateo
4:23; 9:35,36).
La gente venía de todas partes, tanto
para oírle como para ser sanados (Lucas 5:15; 6:17,18). Él nunca rechazó a
nadie, sino que sanó todas las diversas enfermedades, dolencias, deformaciones,
defectos, y lesiones (Mateo 15:30,31; 21:14). También echó fuera demonios y
libró a la gente de los problemas que éstos causaban (Mateo 4:24).
Jesús reconoció que la enfermedad es
el resultado de la caída de los seres humanos en pecado, y que en algunos casos
puede deberse a un pecado específico (Juan 5:14) o a la obra de Satanás (Lucas
13:16). Sin embargo, reconoció también que la enfermedad no siempre es el
resultado directo de cierto pecado (Juan 9:2,3). En algunos casos era más bien
una oportunidad de que Dios fuera glorificado (Marcos 2:12).
Los milagros de sanidad eran una
parte importante de las obras que Dios envió a Jesús a hacer (Juan 9:3,4). Esto
armoniza con la revelación del Antiguo Testamento de Dios como el Gran Médico,
Jehová el Sanador (Éxodo 15:26; Salmo 103:3; los participios hebreos que se
usan en ambos casos indican que es la naturaleza de Dios sanar). El ministerio
de Jesús puso de manifiesto que la sanidad divina es parte vital de la
naturaleza y el plan de Dios.
Las sanidades también sirvieron para
identificar a Jesús como el Mesías prometido y el Salvador. Jesús cumplió la
profecía de Isaías 53:4: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió
nuestros dolores.” Mateo, en su relato
de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de
este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese
lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras
enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).
La sanidad divina siguió siendo parte
integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia
primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta y dos a predicar y a sanar a
los enfermos (Lucas 9:2; 10:9). Después del Pentecostés “muchas maravillas y
señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro
de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó,
no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena
del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4).
El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.
LA EXPIACIÓN PROVEE SANIDAD DIVINA
Un estudio del concepto de la
expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un
rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención
hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor.
El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como
propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).
La palabra “propiciación”, traduce el
griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación
o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para
el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre
del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio. El arca contenía las
tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada
exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero
sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios
veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su
misericordia y bendición.
El propósito principal de la
expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también
está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias
del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el
favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino
tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos
de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e
hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley
de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera
una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que
viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De tal modo la expiación
proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las
enfermedades.
Se ve claramente en la Biblia que los
seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual
Dios, en su amor y para la gloria de su nombre, proveyó la máxima expiación
(Romanos 3:25; véanse también Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo
esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena
por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo
cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de
Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24;
Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15).
La redención, obrada mediante la
expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias.
Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está
en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo
que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.
Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.
LA SANIDAD DIVINA ES UN DON DE LA
GRACIA DE DIOS PARA TODOS
Así como la salvación es por gracia
mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de
Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe
señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la
gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad
como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido.
El hecho de que no podemos ganar las
bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la
importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu
“vivificará nuestros cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza
(Romanos 8:11). En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando,
el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16).
Esta renovación interior es la que
nos capaz de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada,
que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe
te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su
predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre
imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La
fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la
palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer
cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo
15:28).
El hecho de que la sanidad divina
viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera
recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración
(Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe,
hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al
enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad
sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que
tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos
a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos.
Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas
14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13).
Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por
parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23).
La promesa de que cualquiera “que en
mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente
relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14;
16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los
seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de
su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en
Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su
voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo
tanto, nuestras peticiones en su nombre cada vez más armonizan más con su
voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones.
La revelación de Dios como “Jehová tu
sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del
centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio
también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen
y respondan a Jesús. Hay evidencia de que el don de sanidad de Dios, aun puede
ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus
pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan
5:2-9,14).
También, Jesús envió a los diez
leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes
(Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico,
las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2 ss.; 14:2 ss.; Mateo 8:4). Así,
Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos.
A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.
LA SANIDAD DIVINA SE CUMPLIRÁ
PLENAMENTE CUANDO VUELVA JESÚS
Vivimos en el presente entre la
primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su
vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus
consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de
Dios, como una expresión anticipada de la completa redención del cuerpo humano.
En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación
del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía”
algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son
sanados.
La Biblia indica que hasta que Jesús
venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro
cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos
transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1
Corintios 15:42-44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de
parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento
de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como
“templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar
cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no
importa cuántas veces seamos sanados, a menos que intervenga el rapto de la
Iglesia, un día moriremos.
La sanidad divina tampoco es un medio
de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la
lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese
privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación
gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy
acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La
sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura
normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la
redención del cuerpo.